miércoles, 12 de febrero de 2014

Historia de un Bersaglieri

             La orden de avanzar había sido dada a las nueve en punto, pero gracias a la famosa falta de disciplina italiana no había comenzado a ejecutarse hasta casi treinta y siete minutos después, cuando la Compagnia Mazzone, apoyada por varios blindados de la Divisione Corazzata Littorio, había iniciado la marcha hacia Bir Nahda.

  El soldado Martelli, sentado en el lateral de un M13/40, trataba de protegerse inútilmente del ardiente sol de Egipto. Las planchas de blindaje le abrasaban la piel a través de los pantalones, pero se encontraba demasiado exhausto como para continuar caminando. Y además odiaba marchar sobre aquel terreno rocoso y ocre. Martelli había nacido y crecido en Castione, un pequeño pueblo a los pies de los Alpes, y aquel calor era algo a lo que todavía no había conseguido acostumbrarse, pese a llevar ya más de un año destinado en el Norte de África. Recostado a su lado, el soldado Fanucci maldecía aquel insoportable clima mientras se entretenía en tirar piedrecitas a las orugas del blindado. Del Vivo fumaba un cigarrillo.

  El rugido de dos Breda Ba 65 atravesando el cielo de intenso azul sobre sus cabezas arrancó unos tímidos vítores de la compagnia. Aquellos aviones habían demostrado ser claramente inferiores a la aviación aliada, y por ello la Regia Aeronautica había retirado del servicio a los últimos modelos hacía algo más de un año. Sin embargo, todavía eran utilizados en misiones de reconocimiento.


  Una escuadrilla de Fiat G.50 Freccia apareció varios minutos después, seguida de un trío de los prácticamente obsoletos CR.42 Falco.

  -Esto se va a poner feo –anunció Fanucci mirando al cielo.

  A lo lejos, en el oeste, se pudo oír el poderoso rugido de los motores aliados. Cinco bombarderos Avro Lancaster de la RAF aparecieron en el horizonte, escoltados por varios cazas Gladiator y Hurricane. Unos segundos después, todo comenzó a volar por los aires.

  -¡¡Bombarderos!! –gritó el tenente Baldi. La advertencia llegaba tarde, pero aún así Martelli y sus compañeros se lanzaron al suelo, tratando de mantenerse alejados de los frágiles blindados italianos. Lo peor en aquellas situaciones era provocado por la metralla de los tanques al estallar. Los pedazos de metal, arrojados a gran velocidad, sesgaban vidas y miembros por igual, provocando una incontrolada carnicería.

  -¡¡Al suelo!! ¡¡Al suelo!! –los oficiales gritaban órdenes en medio del caos general que los bersaglieri acataban al instante. Eran tropas de elite, entrenadas siguiendo la estricta tradición militar italiana. El orgullo de un país al que poco le importaba aquella guerra.

  -¡Va fan culo! –maldijo Del Vivo apretujándose tras unas rocas-. No pienso morirme en esta mierda de sitio.

  El bersagliere seguía mordisqueando su cigarrillo y ahora se aferraba con fuerza a su novantuno. Martelli, Fanucci y Galante llegaron corriendo a su lado.

  -¿Dónde está el tenente? –preguntó Del Vivo.

  Señalando con el pulgar hacia abajo, Fanucci le indicó que había caído.

  -¡Delvecchio está ahora al mando! –anunció Galante elevando la voz por encima del atronador rugido de los bombardeos-. ¡Hemos recibido órdenes de abrirnos hacia el flanco sur! ¡Los tedeschi han informado de una columna blindada británica dirigiéndose hacia nosotros!

  -¡Sui morti!

  El sargento Delvecchio apareció con una docena de hombres, abriéndose paso entre los restos de un par de destrozados camiones Lancia. En el cielo, los cazas italianos combatían desesperadamente a la aviación británica. En tierra, las explosiones se sucedían una tras otra causando el desorden entre las disciplinadas líneas de los bersaglieri, hasta que, tal y como había comenzado, el bombardeo cesó y el estallido de los pesados proyectiles dio paso a un silencio ensordecedor.

  -Se marchan –susurró Galante, como si temiera que el sonido de su voz atrajera de nuevo a la aviación británica y desatara otro infierno.

  Durante varios minutos permanecieron así, inmóviles y en el más absoluto silencio. Atenta la mirada a cualquier movimiento, a cualquier sonido. El viento comenzó a soplar, levantando una cortina de polvo y arena.

  Un soldado del pelotón del tenente Dessena llegó a la carrera hacia la posición de los hombres de Delvecchio.

  -Órdenes del capitano –dijo con voz entrecortada-. Hay que cavar pozos de tirador y prepararnos para aguantar el ataque británico. Varios operadores de radio han caído y la comunicación resulta prácticamente imposible. Los blindados de la Littorio se están reagrupando para apoyar la defensa y organizar un contraataque. Se ha intentado informar de nuestra situación al mando tedesco, pero no hay forma de saber si podemos contar con ellos.

  -Los chicos de Rommel no vendrán a buscarnos –se lamentó Martelli resignado-. Estamos solos en esto.

  Durante los siguientes treinta minutos, los hombres de la Compagnia Mazzone trabajaron sin descanso. Pero el desierto parecía derrotarlos una y otra vez. La fina arena, la dura roca y un sol castigador los obligó a llegar hasta el límite de sus fuerzas. Y el recuerdo de su tierra, de su hogar y de sus familias, hacía aún más doloroso el esfuerzo.

  Lentamente, la Compagnia Mazzone fue formando una línea defensiva preparada para recibir el ataque de los blindados británicos. A lo lejos se escuchaba el rumor de los motores, con sus tanques atravesando el rocoso desierto y levantando largas columnas de humo en la distancia.

  Desplegados por parejas en los incómodos pozos de tirador, reforzados éstos con sacos de arena para aumentar la protección de las precarias posiciones, el pelotón del tenente Dessena formaba una débil primera línea de contención. Equipados con fusiles novantuno y alguna Beretta 38, apenas suponían una amenaza real contra la poderosa caballería blindada británica. Sin embargo permanecían firmes en sus puestos, con la cabeza levemente ladeada sobre sus armas y la mirada fija en el horizonte. Tras ellos, los restos del pelotón del tenente Baldi, comandados ahora por el sargento Delvecchio, formaban una segunda línea de defensa. Los pocos blindados que continuaban operativos tras el bombardeo, apenas media docena de tanques M13/40 y M14/41 y algunos Semovente 75/18, permanecían en retaguardia preparados para realizar un contraataque por el flanco británico en cuanto se presentara la ocasión.

  -Piume al vento, baldi e fieri, nella corsa volan via… –una voz se alzó desde uno de los pozos de tirador, elevándose por encima del rugido de los motores británicos. La columna blindada se acercaba a gran velocidad, desatando tras ellos una tormenta de humo y polvo.

  -…Son del "Terzo" i Bersaglieri, tutti ardor e gagliardia!... –un coro de voces se sumó a la primera, procedente de todas las líneas de defensa italiana.

  -…Per la Patria pronti ognora a combattere e a morir... –Galante, apostado junto a Martelli, cantaba con toda la fuerza de sus pulmones. La vista siempre al frente, puesta en un horizonte en el que empezaban a distinguirse con claridad los primeros carros blindados aliados.

  -...quando scoccherà quell'ora niun li avanzerà in ardir –Una orgullosa lágrima resbaló por la mejilla de Del Vivo, quien había apurado su último cigarrillo hacía unos segundos sabiendo que podía ser en verdad el último de su vida.

  Los tanques británicos se encontraban ya tan cerca de ellos que los soldados italianos apenas eran capaces de escucharse a sí mismos cantar.

  “¡¡Tutto osare!!”. El grito se alzó al unísono, mientras los soldados de la Compagnia Mazzone abrían fuego contra los M3 Grant.

  El ímpetu en el ataque de los bersaglieri pareció coger por sorpresa a los británicos. Eran su pasión y su orgullo quienes atravesaban los blindajes de aquellos tanques y no la munición de las inútiles ametralladoras Fiat 14/35 o los rifles Solothurn de calibre 20.

  Un proyectil estalló cerca de Martelli y la explosión acabó con la vida de Galante. El soldado quedó tendido sobre los sacos de arena, completamente inmóvil y con el pecho destrozado. Pero su compañero no pareció darse cuenta de ello. Disparaba una y otra vez, sin preocuparse en elegir blanco alguno. Apenas podía pensar, sólo actuar. En su cabeza quedaba lejos ahora su hogar en Castione, aquellas verdes laderas, las imponentes montañas cubiertas por la nieve.

  En la distancia creyó escuchar una orden. No hacía falta entender lo que gritaban los oficiales, los tanques británicos estaban demasiado cerca siguiendo con su imparable avance. La línea del tenente Dessena había quedado ya superada y el contraataque de los blindados de la Littorio había sido tan heroico como inútil, pese a que los carristi de los M13/40 y los M14/41 habían vendido caras sus vidas, dando sobradas muestras de valor.

  Con precisión militar caló la bayoneta en su rifle. A continuación cerró los ojos, se santiguó y elevó una breve plegaria. Martelli ya no era un soldado; era una pieza más en aquella enorme máquina de guerra. Un peón en una partida perdida hacía tiempo.

  Como una pieza más saltó de su posición y corrió junto a Fanucci, junto a Dessena, junto a Del Vivo… la bayoneta calada, la mirada puesta en aquellas terribles máquinas blindadas que avanzaban sin descanso.

  Y así, la Compagnia Mazzone encontró su fin. Lanzándose hacia una muerte segura en brazos del enemigo, en una tierra seca y cruel, tan lejos de su hogar. Las negras plumas al viento…

  Y al llegar la hora de su muerte, nadie les superó en valor.


Autor: Arendal de Wargames-Spain
Del I Concurso de relatos cortos celebrado por El Bucanero y Wargames-Spain