viernes, 14 de febrero de 2014

Conflicto Interior en la Guerra

Estimado Padre Eugenio,
le escribo desde Tours, un humilde y pequeño pueblecillo al norte del país de nuestros vecinos franceses.

Tal como me explicó aquel día en sus aposentos de la iglesia del pueblo, aquí las cosas son muy diferentes a nuestra nación. La forma de vida es más atropellada, se muestra mayor dedicación en el trabajo, hay un inusitado interés por los valores humanos y otros aspectos que nunca imaginé que pudiesen existir al estar cautivo en un territorio tan egoísta y malsano como es el de nuestra patria, la querida España.

No me arrepentí, ni me arrepentiré, seguramente, de haber abandonado el pueblo por causa de esta guerra. Solo hecho en falta esos sutiles detalles, esas pinceladas que perfilaban los días de felicidad y llenaban los corazones de regocijo. Nunca podré olvidarlos. Sin embargo, pertenecen al pueblo, a su vida, a su gente y a su historia, y jamás podré recuperarlos. En este lugar he encontrado un apoyo y una diligencia a favor de la causa que les moviliza sublimes. 

No me encuentro solo en este escenario, al menos cuento con la compañía de un par de compatriotas, ambos socialistas, aunque uno de ellos se inclina en una anarquía apática más que en un socialismo. Al igual que yo, tuvieron que abandonar nuestro país para escapar de las garras de los vencedores. Uno de ellos, Aquilino, es de Medina del Campo, aunque vivía en un pueblo cercano. Quizá usted le conozca, ya que era el carpintero del pueblo y realizó unos exquisitos bancos para la iglesia.

En Tours no existe, como tal, ningún movimiento revolucionario, aunque sí es cierto que peculiares grupos poseen una organización que roza lo ilegal en las condiciones de guerra en las que nos encontramos en estos momentos, si bien es posible catalogar algo de “ilegal” durante un conflicto armado. Su organización se basa en la oposición a las tropas invasoras, los alemanes, o como los llaman acá, los böches.

Como usted comprenderá, y conociéndome como me conoce, sabrá que me he unido, con mucho gusto, a este grupo de individuos, y que junto a mis dos colegas españoles tratamos de ayudarles y participar en todas las acciones que llevan acabo.

Somos unas pocas decenas de hombres, y de mujeres. Esto es algo que me ha resultado sorprendente. Pienso que esa sorpresa se debe a que, de nuevo, nuestro país no es un modelo ejemplar de derechos y libertades y demuestra que nuestra lucha estuvo más que justificada. En este país las mujeres disponen de los mismos derechos y libertades que los hombres. Es algo admirable
Según me ha comentado Ayméric, el líder de nuestro pequeño grupo, los alemanes llegaron al pueblo varias semanas después de la conquista, tras un duro asedio, de la capital francesa, la gloriosa y hermosa París. Los franceses de la Francia Libre, por alguna extraña razón que escapa a mi sesera, no se oponen a la invasión nacionalsocialista. El gobierno de Vichy mantiene un gabinete francés, pero supeditado a los alemanes, con quienes sostienen un acuerdo de alianza que no alcanzamos ninguno de nosotros a comprender. Supongo que los franceses, en todo su orgullo, se niegan a rendirse totalmente al invasor germano, de modo que lo único que hacen es agarrarse a los rescoldos del gobierno que pretenden mantener y que al fin y al cabo, está sometido a los deseos explícitos del tercer Reich.

En nuestra localidad tan sólo hay un oficial de las Waffen SS, cuyo objetivo es informar a París de todo lo que su telaraña de espías, repartidos por esta región, le hace llegar.

Debemos luchar contra los alemanes, ellos, al igual que en nuestra tierra, luchan bajo al ardua mirada de un dictador. No podemos permitir que otro régimen dictatorial se instaure en Europa. No lo pudimos detener en nuestra casa, pero sí lo haremos aquí.

Los franceses han organizado una férrea resistencia. Reciben el apoyo de numerosos voluntarios. Españoles no somos muchos, la mayoría de nosotros no hemos podido escapar de nuestra España, de hecho, mi gran amigo Fernando, el hijo del panadero, fue apresado en la frontera hace unos días. Su destino será un campo de concentración, o peor aún, la temida Spanische Freiwilligen División, la División Azul, enviado como “voluntario”.

Los franceses desean remendar el fallo, ya sea por cobardía o por apatía, que cometieron al permitir entrar en su país a un ejército invasor sin plantarle cara como debiera de haber sido. Me han llegado algunos rumores de españoles cautivos en campos franceses. No sé si creerlos o no, ya que solo he recibido amabilidad de los galos. Nunca he visto ningún campo; ni que los españoles se viesen ignorados por las autoridades francesas: sin agua, comida o alojamiento... espero que nada de esto sea cierto, pero tan sólo es una esperanza. En los tiempos que corren no sé ya ni qué creer. Cuando salí de España varios meses antes de que la guerra acabase las cosas no estaban tan tibias por aquí, esa fue mi impresión, y la sostengo aún hoy día.

La guerra va mal para nosotros. El Imperio del Tercer Reich se extiende por toda Europa e incluso nuestros amigos árabes están sufriendo la crudeza de la guerra, ya que África se ha convertido en el segundo frente alemán. Aunque sinceramente, no sé si lamentar este hecho o regocijarme. Las tropas moras contra las que tuvimos que luchar tan repetidas veces en España, desde Brunete hasta el Ebro, son un duro recuerdo de dureza, crueldad y falta de conciencia. No es de mi ser el extender una idea y generalizarla a un grupo de personas, pero es por fuerza mayor el recuerdo que tengo de los paisanos de la antigua Mauritania que no puedo hacer otra cosa que designar a todos los árabes como moros al servicio de Francisco.

Hacemos lo que está a nuestro alcance, siempre actuando desde la oscuridad y huyendo, como hicieron nuestros antepasados. Nos llaman los “maquis” debido a que en la capital francesa un amplio grupo de miembros de la resistencia realizan constantemente ataques contra las tropas alemanas allí instaladas. Este grupo está liderado por un individuo, llamado Maquis, de ahí nuestro apodo. La situación actual es grotesca: por numerosos lugares los böches están realizando cacerías de brujas que están minando la moral de la Resistencia y acabando con numerosas vidas, muchas de ellas inocentes. No debemos sentirnos culpables de esto. Al menos es lo que yo pienso. Está claro que no podemos quedarnos de brazos cruzados ante el imparable avance del fascismo, todos debemos luchar en contra de esta expansión. Las víctimas de la máquina de guerra alemana se convierten en mártires para la causa, en motivos por los que hay que esforzarse y luchar, luchar en contra de los sistemas totalitarios que amenazan con absorber toda la naturaleza humana y despojarnos de nuestros valores más vivos: nuestra moral, nuestra libertad.

Hace unos pocos días llegó una muchacha que no superaba las dieciséis primaveras, Valerie. Traía consigo un mensaje proveniente de París. Según he podido saber, la resistencia parisina, los maquis, piden a todos  aquellos en contra de la ocupación alemana que se levanten en armas. Nos exigen que asesinemos a todos los hombres que luchen bajo la bandera de la esvástica. Ellos son, al igual que fueron los nacionales en nuestra guerra, monstruos sin conocimiento que defienden una moral vacía y esquelética sin fundamento. No pueden salirse con la suya, de ser así, nos condenaríamos todos. La única solución, es, por tanto, la muerte de todos ellos.

Cuando logré cerciorarme del significado correcto de aquel mensaje, me acometió un gran horror. Yo, un humilde hombre de campo, que durante nuestra guerra no me presenté voluntario a las levas, si no que me obligaron a participar en una cruel guerra entre hermanos, el peor tipo de guerra, de entre todas ellas. No efectué ningún disparo y procuré escabullirme de cualquier misión que supusiese la muerte de mis vecinos, no por cobardía, ni mucho menos, si no por una ética brutal que al parecer nadie parecía encontrar. Al enterarme de las intenciones de los maquis de extender el dolor y la muerte por todo el territorio francés y quién sabe, quizá tal vez por el resto de Europa, no supe qué hacer. Me senté en un rincón, cabizbajo, reflexionando sobre lo que se planteaba ante mi vida. Esto supuso para mí algo extraordinario. Usted mismo sabe, Padre Ortuño, que la gente de pueblo, meros campesinos, carecen de dudas existenciales y su único objetivo es conseguir que los injertos se desarrollen. Pues bien, este prejuicio debería caer en el olvido, puesto que tal fue la desesperación interior, esa sensación de tener que hacer algo, pero no saber el qué, la impotencia que se apoderó de mi ser, que me quedé sólo en ese rincón, llorando, después de que todos aquellos individuos, que ahora me empeñaba en ver como extraños, fueran abandonando progresivamente el lugar sin reparar en mi figura.

Mi reflexión no quedó ahí. Estuve allí parado, sollozando, mirando al vacío de la habitación, o de la misma existencia. No podía seguir allí con ellos. No si la situación a la que me tenía que enfrentar suponía lo que yo más odiaba y la cual se apoyaba en los pilares antónimos a mis principios.

Con mucho esfuerzo me levanté. Era todavía de noche. Aún se oía, a lo lejos, algún grito de alegría. Preferí no detenerme a escuchar y proseguir mi camino hacia mi cobertizo. Había tomado una decisión. 

Me gustaría recibir noticias suyas, pero no se moleste en escribirme, ya que no sé cuál será mi próximo destino, tan sólo el futuro lo sabe. Mucha suerte, sobre todo en los tiempos que corren. Nunca olvide nuestra gran amistad. Yo no lo haré.



Autor: Nagash de Wargames-Spain
Del I Concurso de relatos cortos celebrado por El Bucanero y Wargames-Spain